Según la mitología nórdica, las runas no nacen de la invención humana, sino de un acto de entrega divina. Odín, dios de la sabiduría y la guerra, se colgó del árbol cósmico Yggdrasil durante nueve días y noches, sin alimento ni consuelo. Suspendido entre los mundos, atravesó una muerte simbólica. En ese umbral, recibió la revelación rúnica: no como premio, sino como consecuencia de su despojo total. Las runas emergieron como conocimiento vibracional, inscrito en el tejido del cosmos.

Este relato no es solo mito: es arquetipo. Odín no busca por curiosidad, sino por necesidad espiritual. Su sacrificio encarna el tránsito iniciático que todo buscador debe atravesar para acceder a la sabiduría profunda. Las runas no se enseñan ni se aprenden: se revelan, se legitiman. Y esa legitimación exige silencio, oscuridad y entrega.

Yggdrasil no es solo escenario: es eje del mundo, altar del pacto, testigo del tránsito. Sus raíces se hunden en lo desconocido, sus ramas se extienden hacia lo eterno. En él habitan criaturas míticas, destinos entrelazados y sabidurías ocultas. Colgarse de Yggdrasil no es morir: es consagrar el tránsito, legitimar el pacto con lo invisible

La sabiduría rúnica que Odín recibe no es alfabeto, sino lenguaje de fuerzas. Cada signo encierra una vibración, una ley, una puerta. Al descender con las runas, Odín no solo trae conocimiento: consagra su liderazgo por revelación. Su gesto transforma el poder en sabiduría, y convierte al dios en consagrador del lenguaje sagrado.

Las runas no se transmiten como información, sino como iniciación. Quien las invoca sin haber transitado su oscuridad, las profana. Quien las legitima desde el rito, las despierta. Son entidades vivas que exigen respeto, silencio y transformación. Huellas de un pacto eterno, solo reveladas a quien se atreve a perderse para encontrarse.